El rechazo a las apariciones de la Virgen en Ezquioga y sus consecuencias en el pasado, presente y futuro
En el tema “Una Señora guapísima” anunció en 1933 la Guerra Civil española traté una parte de las apariciones de Ezquioga, fijándome solamente en su importante anuncio de profetizar la Guerra Civil española, y, en el tema Clérigos asesinados en la zona nacional, que guarda relación con el anterior, quedaba de manifiesto el problema secesionista de la iglesia nacionalista vasca; ahora, sirviéndome de los trabajos de dos investigadores presento esta síntesis sobre las apariciones de la Virgen en Ezquioga y sus consecuencias e importancia en el pasado, presente y futuro de España.
Lo
profetizado se ha ido cumpliendo, y como aquellos milicianos comunistas vascos
que durante la Guerra Civil encontraron y leyeron el perseguido libro de las
apariciones de Ezquioga, el creerlo o no es una cuestión personal de cada uno.
Las
fuentes son:
A:
José María Sánchez de Toca. Los profetas de la piel de toro. Astorga, León, 2009.
B: William A.
Christian Jr. Las
visiones de Ezkioga. La Segunda República y el Reino de Cristo. Barcelona,
1997.
1.
Las apariciones:
“El
14 de abril de 1931 un gobierno provisional nombrado por sí mismo se hizo con
el poder que había dejado abandonado el rey y sus ministros y proclamó la
Segunda República Española.
A
los dos meses y medio, los católicos españoles, que eran abrumadora mayoría de
la población, tenían motivos para temer lo peor, horrorizados por los incendios
de iglesias y conventos. Aunque el episcopado español había aconsejado sumisión
al nuevo régimen, éste al cabo de un mes puso en la frontera a Mateo Múgica,
obispo de Vitoria, y poco después al cardenal Segura, primado de España.
Entonces
la Virgen se apareció en diversos lugares. En Ezquioga (Guipúzcoa) las
apariciones fueron multitudinarias y anunciaron la persecución religiosa, la
guerra civil y la segunda guerra mundial, así como los tres días de tinieblas y
otros acontecimientos terribles que felizmente no han ocurrido. Las apariciones
fueron bien acogidas por el pueblo pero sufrieron el acoso, prácticamente
circular, de los poderosos de la época y fueron prohibidas por el ordinario del
lugar.
El
19 ó 20 de junio de 1931, Ignacio Galdós, concejal de Ezquioga, pueblo cercano
a Zumárraga, en el Goyerri, las tierras altas guipuzcoanas, tuvo un accidente
cuando llevaba su carro de bueyes cargado de troncos. Una señora vestida de
negro le ayudó, puso a los bueyes de pie tomándoles por un cuerno y evitó que
el hijo de Ignacio, que iba montado en el carro, cayera por un terraplén.
Cuando lo contó nadie le creyó y en la taberna se burlaron de él, a pesar de
que era un respetado cashero.
Diez
días después, a la hora del ángelus (el crepúsculo vespertino) del 30 de junio
de 1931, los niños Antonia y Andrés Bereciartúa, que volvían a casa con la
leche que habían ido a buscar a un caserío, se toparon con una señora vestida
de blanco que llevaba un manto negro, corona de oro y tres estrellas luminosas,
a la que identificaron con la Virgen. Las apariciones exhortaban a la
conversión, la oración y la penitencia para salvar a España y al mundo entero,
y para evitar los castigos que amenazaban" (A, pp. 227 y 228).
2.
La nacionalista iglesia vasca:
“El
obispo de Vitoria, Mateo Múgica, fue autorizado a regresar a España el 13 de
mayo de 1932, pero no pudo volver a su diócesis hasta un año después. En cuanto
llegó a Vitoria el 11 de abril de 1933, ordenó a los párrocos que hicieran
retractarse a los videntes.
Las
disposiciones del vicario, cada vez más drásticas, habían prohibido la
asistencia a la campa, primero a los eclesiásticos, después a los videntes, y
finalmente también a los laicos. Ahora, Múgica dejaba a la niña Benita Aguirre
sin sacramentos, la prohibió que se le apareciera la Virgen, y amenazó de
excomunión a sus padres si la niña tenía visiones en casa. El obispo prohibió
que los párrocos dieran la comunión a los videntes que tuvieran apariciones y a
los laicos que acudieran a la campa.
Las
apariciones de Ezquioga también se vieron atrapadas en las tensiones reinantes
entre el cardenal Segura, primado de España, y el nuncio Federico Tedeschini.
Segura, a quien la República había desterrado a Roma, era un hombre ascético y
espiritual que creía en apariciones y en los documentos de la Madre Rafols,
mientras que el nuncio era un mundano príncipe italiano que informó sobre
Ezquioga al Secretario de Estado vaticano de entonces, cardenal Pacelli
(después, Pío XII), el 14 de octubre de 1932, “congratulándose de que la colaboración
del gobierno civil daría pronto fin a las apariciones” (A, pp. 231, 233 y 234).
3.
La fanática izquierda anticlerical:
“En
agosto de 1931 el gobierno de la República había respondido serenamente con el
ejemplo de Lourdes a una interpelación parlamentaria sobre Ezquioga, pero
comisionó discretamente a Gregorio Marañón a que investigara los hechos, y
éste, que era el médico más famoso de España, informó que “los fenómenos de
Ezquioga no pertenecían a la Ciencia sino a otros estados de conciencia”.
El
13 de agosto de 1931 en una agitada sesión en las Cortes se trató el tema de
las apariciones de Ezquioga. El diputado republicano radical socialista Antonio de la Villa Gutiérrez afirmaba que “a
la sombra de esa Virgen de Ezquioga se está conspirando contra la República” y
pedía al ministro de la Gobernación que tomase medidas: “Sr.
Ministro de la Gobernación, en Ezquioga se reúnen de 5 a 6.000 almas todos los
días”. A lo que el ministro de la Gobernación el republicano conservador Miguel Maura Gamazo respondía: “El que unos católicos se
reúnan creyendo –porque lo crean o porque no lo crean-, se reúnan, digo
creyendo ver una aparición y estén allí durante unas horas rezando el rosario,
¿vale la pena de que la Cámara española considere que está en peligro la
República por eso?”:
Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la República
Española. Nº. 385, pp. 392 a 394.
Un
año después, en septiembre de 1932, Azaña, presidente del gobierno, visitó
Guipúzcoa y el gobernador civil Pedro del Pozo, amigo y confidente suyo,
recibió sus instrucciones directas de “no consentir más milagros”. El ejército
realizó maniobras en Ezquioga y la Guardia Civil impidió el acceso a la campa.
Del Pozo nombró juez especial a Alfonso Rodríguez Dranguet, un masón que había
matado un guardia civil en los disturbios previos a la República, quien hizo
detener a los videntes y el 11 de octubre de 1932 comenzó a interrogarlos por
los delitos de estafa y sedición.
La
connivencia entre el gobierno civil y el obispado de Vitoria quedó al
descubierto. El juez encerró al Padre Burguera una semana en la cárcel de
Ondarreta, y a los demás videntes quince días en el manicomio de Mondragón,
donde los facultativos tuvieron que excusarse con los videntes por encontrarlos
perfectamente sanos, aunque hallaron cierto retraso mental en tres de los
videntes varones” (A,
pp. 231
y 232).
“El
14 de julio de 1931, Patxi Goicoechea vidente nacionalista, vio a la Virgen
bendecir con expresión severa los cuatro puntos cardinales con una espada. Los
periódicos de izquierdas, que hasta entonces habían bromeado con las visiones
pidieron rápidamente la intervención del gobierno.
El
19 de julio,
el periódico republicano La
Voz de Guipúzcoa, denunciaba la utilización “de una alucinación”
como parte de una conjura “derechista-separatista” y la provocación de “la
intolerancia y la guerra civil”. Un diputado republicano advirtió en El Liberal de Madrid que
Ezkioga era el producto de un clero “dispuesto a remangarse la sotana, empuñar
el fusil y lanzarse al monte”
(B,
p. 48).
4.
El racista y secesionista nacionalismo vasco:
“Al
principio, los nacionalistas vascos, importante fuerza política nacional,
habían acogido las apariciones como un signo del Cielo.
Engracio
Aranzadi escribía el 8 de julio [El
Día, 11 de julio de 1931]: “¿No será que el Cielo trata de
confortar el ánimo de los vascos leales a la fe de la raza?” (A, p 232).
“Aranzadi
era el sucesor de Sabino Arana como ideólogo del Partido Nacionalista Vasco.
El
semanario pronacionalista Argia
llegaba a la conclusión de que “aundia Euskalerriari Jaungoikoak dion onginaia”
(es grande el buen deseo que Dios tiene hacia el pueblo vasco)” (B, pp. 47 y 48).
“En
consecuencia, el Euzkadi Buru Baztar, órgano supremo del partido, designó a
tres miembros para que acudieran a Ezquioga a preguntar a la Virgen qué tenía
que decir a Euzkadi. Los comisionados fueron a la campa e hicieron la pregunta
a través de la niña Benita Aguirre, que a su vez preguntó a la Virgen.
La
respuesta, en castellano, fue que la Virgen venía para toda España y que si
había elegido Ezquioga era porque en ese momento estaba allí la mejor gente de
España, pero que no siempre sería así. Esta respuesta, unida al hecho de que
los mensajes se referían constantemente a España sin mencionar a Euzkadi, fue
una desilusión para los nacionalistas. Cuando unos peregrinos navarros de
Mendigorría llevaron a la campa pancartas que decían “Madre, ¡Salva a España!”,
el órgano del partido [Euzkadi,
15 de julio de 1931] escribió ácidamente:
“Estos
vivas y gritos que se guarden para ellos. ¿Por qué no fueron a apagar los
conventos que quemaron en Madrid y en Sevilla? Los que quemaron los conventos
eran españoles, aunque muchos de los que estaban dentro de los conventos eran
vascos”.
Más
tarde, cuando estalló la guerra civil, los gudaris (soldados del gobierno de
Euzkadi) buscaron los libros de Burguera para quemarlos. Sin embargo, la
edición estaba en una casa de Elorrio que los comunistas vascos habían
convertido en cuartel para dos de sus batallones, donde los milicianos lo leían
con avidez y se convirtieron muchos. Después, cuando los nacionales entraron en
Elorrio, la edición ya no estaba allí, pero no porque los comunistas la
hubieran quemado o destruido, sino porque la habían difundido por todo el país
vasco” (A, pp. 232
y 233).
5.
El prepotente nacionalcatolicismo franquista:
“El
círculo de enemigos de las apariciones se completó en 1937, cuando las tropas
nacionales conquistaron el Goyerri. La autoridad militar metió algunos videntes
en el manicomio, y a otros los desterró o amenazó con hacerlo. Dos años después
de acabada la guerra, la Dirección General de Seguridad todavía hizo detener a
un devoto a instancias del vicario general de la diócesis de Vitoria (que ahora
era Lazurica), que le acusó de separatista. Afortunadamente el detenido tenía
un hijo sacerdote que pudo demostrar la falsedad y liberarlo en dos semanas” (A, p. 233).
Conclusión
y consecuencias:
“Se
calcula que la campa de Ezquioga tuvo un millón de visitantes en 1931, con un
pico de asistentes de 70.000 personas el 16 de julio de 1931.
La
Virgen se manifestaba a muchos hombres y mujeres, ya fueran habitantes de
Ezquioga, visitantes, curiosos o peregrinos.
El
vidente Cruz Lete se hizo hermano de San Juan de Dios lo mismo que su grupo de
amigos y murió en olor de santidad en 1933. Otra devota vidente de Ezquioga,
Conchita Mateos, se hizo monja clarisa junto con otras catorce jóvenes.
En
Ezquioga nunca hubo comisión eclesiástica de investigación después de la que
formó el párroco; y los mensajes de Ezquioga nunca han sido estudiados a la luz
de los acontecimientos nacionales, mundiales y eclesiásticos ocurridos desde
entonces. En Ezquioga la Virgen se aparecía como Mater Dolorosa con una espada
en la mano y el rosario en la otra; en 1931 aquello se interpretó como un
anuncio de guerra, sin que nadie se le ocurriera que el rosario era la mansa
alternativa a la espada.
Después,
una generación tuvo paz hasta que en 1968 comenzaron los asesinatos en serie,
cuyas víctimas han sido mayoritariamente vascas, y cuyos asesinos recibieron
aliento y complicidad donde sólo hubieran debido oír exhortaciones al
arrepentimiento y la penitencia. Aquella cristiandad pujante y misionera se
secularizó y los seminarios se vaciaron. Curas rebotados y frailes que habían
colgado los hábitos se encaramaron a los puestos dirigentes de la sociedad.
Cuando el Papa visitó Guipúzcoa en 1982, el presidente del gobierno autónomo no
fue a recibirle, alegando que tenía otros compromisos.
Vistos
los hechos tantos años después, mi impresión es que en Ezquioga hubo de todo,
según la vieja experiencia cristiana de que donde se manifiesta Dios no anda
muy lejos el diablo. Pero al árbol ha de juzgársele por sus frutos y en
Ezquioga se produjeron conversiones, vocaciones y curaciones, y se profetizaron
hechos que el tiempo ha verificado.
Contra
toda evidencia se negó en bloque el carácter sobrenatural de las primeras apariciones
multitudinarias de España, en las que millares de devotos esperanzados recibían
mensajes de contenido profético. Y así, Ezquioga, que hubiera debido ser una
bendición, se convirtió en una desgracia. La condena creó un sentimiento de
vergüenza colectiva y Ezquioga pasó a ser un tabú que no debía mencionarse.
En
1984, un contristado historiador vasco me decía que allí las cosas no tendrían
remedio hasta que no se reparase el desaire que se había hecho a la Virgen en
Ezquioga” (A, pp.
228, 247, 248 y 249).
Y
después dicen que no entienden lo que pasa en las Vascongadas o en España, en
Europa y en el Mundo: ustedes mismos.
Ángel
Manuel González Fernández, mayo de 2011.
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